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Más tortícolis no, gracias de veras

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Hola queridos amigos y lectores de DLG. Nuevamente toca compartir con vosotros esta reflexión irónica sobre mi cuello. Me explico, al menos lo voy a intentar.

Llevo viendo con asiduidad en todos los recintos deportivos cubiertos, en los que soy asiduo por devoción y vocación, que unas personitas de corta edad, de talla pequeña, de sonrisas y coloretes perennes en sus mejillas, corretean, saltan, se empujan, se esconden, en definitiva, juegan. Sí, juegan porque no sé si hemos reparado en que me refiero a los «niños».

Zapatero a tus zapatos. Adultos a vuestros menores.

Ironía aparte, éstos no hacen más que practicar lo que a su corta edad se hace, jugar. Pero, hemos reparado dónde y cómo juegan. ¿Somos conscientes del riesgo latente, muy alto e innecesario que corren?

Voy a exponer unos matices que NUNCA se nos han de pasar por alto a los adultos, en este caso a sus acompañantes, padres, tíos, abuelos…etc.

Primero he de confesar, que estas apreciaciones las hago bajo un prisma muy concreto, el de dedicar tu formación y preparación a una sociedad como la leonesa. Cuando me pongo el uniforme “naranja” y lo que ello conlleva, no puedo por menos que estar pendiente de lo que ocurre en las gradas y en particular, a estos niños.

Contemplo con estupefacción como estos «guajes», corren de forma desmedida por pasillos, se sientan en las escaleras y lo más grave, suben y bajan a carreras todos los escalones, que son muchos, desde lo alto del pabellón hasta casi la pista de juego. He de confesar que me asusta y me preocupa y mucho. Estas personitas, como niños que son, no ven el riesgo, el peligro, no son conscientes que esas actitudes pueden desembocar, el día menos pensado en una tragedia, una desgracia. En un hecho que nunca se debería de producir. Y ¿por qué entonces me asusta?

Veo y no sólo yo, todo el público también, como mientras sus adultos que les llevan a ver un partido, por una transformación insólita, se desentienden de ellos. Convierten por arte de magia, un pabellón deportivo, sus pasillos, altas escaleras, columnas, barandillas…etc, en una improvisada ludoteca, en un lugar donde se deja a los peques a su libre albedrío. Donde no importa si al que ha pagado o no una entrada le molestan correteando entre las gradas y el público. Dónde se deja a criterio del niño si está corriendo un grave peligro, real y potencial. Es decir, cambiamos los roles y el responsable de estos peques se convierte en espectador y así transcurre un partido, otro, otro….etc.

Sabed que los que vestimos el uniforme de Protección Civil, no dejamos de estar con el corazón en un puño viendo lo que vemos y he descrito. Queridos adultos, gracias por la tortícolis que me regaláis, producida por tener el cuello girado de forma constante hacia los lugares del pabellón, por donde vuestros retoños corretean, saltan…etc

Que no somos guardianes ni custodios de vuestros menores, que es vuestra la obligación y responsabilidad de velar por ellos. Haced un favor a vuestros pequeños y adolescentes, no les llevéis a ese riesgo innecesario. Si no sois capaces de estar con ellos porque se aburran, quieran jugar, correr…etc. Id al recinto adecuado para tales fines. Delegáis una responsabilidad civil y penal en seres de corta edad, en los más vulnerables.

Os pregunto, ¿Sois conscientes de tal riesgo por vuestra actitud? Quizás no sois conscientes de tales peligros, pero os aseguro con todo criterio técnico y profesional al respecto, que estáis equivocados.

Zapatero a tus zapatos. Adultos a vuestros menores. No lamentéis algún día, ojalá nunca, que por la comodidad de ver el evento sin molestias, seáis los responsables directos de lo que pueda suceder a vuestros retoños.

Mientras tanto, gracias a estos padres cómodos, llevo de forma gratuita para mi casa una tortícolis considerable en cada partido. Gracias, pero no quiero más de lo mismo.

Cuando me pongo el uniforme “naranja” y lo que ello conlleva, no puedo por menos que estar pendiente de lo que ocurre en las gradas y en particular, a estos niños.

En absoluto pretendo decir a nadie como ha de educar a sus hijos, ni lo que debe o no hacer en un recinto deportivo. Sólo pretendo, de veras, que ese riesgo se minimice, que se pueda igualar lo máximo posible a 0. Esto es posible si estamos pendientes de quien tenemos que estarlos. Cada uno sabrá de quien.

Por mi parte, siempre cumpliré con la obligación que llevar ese bendito uniforme implica. Entre ellas, velar por vuestros menores.

Fdo: Santos García

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